La casa-taller d’Agustí Querol a Madrid.

“Nada mejor que la visita á su hotel en aquellos días no lejanos de extrema laboriosidad, daba idea de la fibra de Querol u de cuanto le deben nuestras artes plásticas.

Mezcla de palacio y taller, de fábrica y museo, lo erigió ad hoc el artista de la calle del Cisne, esquina á la de Zurbano, para que en las naves de sus varios estudios surgiesen á la vida sus más grandiosas creaciones. Tuvo fe en destino, y no se equivocó. Presintió su categoría de escultor monumental, y llegó á serlo en toda la extensión del vocablo.


En la masa arquitectónica que remata un frontispicio helénico, resalta el nombre del escultor entre dos columnas jónicas. Tras la verja, una puerta confidencial, ahora tapiada, daba acceso al jardín, al estudio grande y á las habitaciones particulares del artista. La yedra y las flores, sombreadas por acacias y arbustos, tapizaban los tapiales y paredes, dejando al descubierto, de trecho en trecho, lápidas, relieves, fragmentos de sus monumentos y estatuas, bocetos varios. En el centro, y en los ángulos del patio-jardín, descansaban é iban á posarse nubes de palomas, cuyo nevado plumaje contrastaba con sus crines leonadas de un hermoso mastín que gravemente seguía los pasos del escultor y se enroscaba á sus pies. Ardían los hornos en que se fundía y moldeaba la armazón del barro, y de los locales en que se hacía el vaciado dels yeso, se ponía término al modelado ó se sacaban de puntos sobre el mármol las estatuas, salía un animado rumor de colmena que levantaba una legión de escalpelinos, ayudantes y obreros. Era la vida que cantaba su canción al trabajo en el altar de la belleza.

De arte libre, glorioso y grande, era el ambiente que allí se respiraba. Al salvar el dintel del “estudio” último del maestro, como al hacer alto en su despacho, la impresión era honda, inenarrable. El asombro no permitía articular palabras, y los ojos se clavaban extasiados en todas aquellas innumerables figuras que reclamaban para sí la atención exclusiva, en los titanes, en las heroínas, en los alados corceles, en los símbolos de tantas gradezas, dolores y virtudes; y resbalaba la mirada por los caballetes y columnas, por los bustos en bronce, por los bocetos en yeso, por los retratos expresivos en mármol, por centenares de fotografías de la producción realizada, por deocenas de proyectos de monumentos por ejecutar… Toda una larga pregenie ilustre, toda una floración desbordada que presidia la escultura de la Gloria, sonriente y majestuosa, extendidos los brazos hacia su devoto y nervioso que á sus pues había encanecido prematuramente y que le rendía lo mejor de su vida.


Ya el hotel está silencioso como un templo. La familia del maestro, cumpliendo su voluntad, lo convierte en museo. Es el mejor tributo á su recuerdo y á su fama.

Així és com Rodolfo Gil, descriu i il·lustra la casa taller de l’escultor tortosí Agustí Querol, que posseïa al Paseo del Cisne de Madrid (actual Eduardo Dato). Aquesta monografia va ser editada al 1910 i estava inclosa dins la col·lecció de “Monografias de Arte Universal – Colección de volúmenes de elegante impressión, ilustrados con preciosos grabados.” Agustí Querol, sent el volum V, queda entre: Goya, Rodin, Bartolozzi, Sorolla, Millet, Murillo, da Vinci.. Una obra mitjançant la qual a l'autor el van nombrar acadèmic de l'Academia de Ciencias, Bellas Letras i Artes Nobles de Còrdova.

La casa-taller estava situada a una zona residencial i plena de palauets al nord de la capital i molt propera a la Castellana, dos carrers més al nord hi tenia de veí un artista coetani, però en aquest cas pintor: Joaquim Sorolla. 

Malauradament la casa del tortosí a diferència de la del valencià, ni va restar en peus, ni finalment es va convertir en Museu.


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